Aquiles, el de los pies ligeros: el mejor de los guerreros aqueos

Las hazañas de Aquiles han sobrevivido al paso del tiempo, tal como se lo aseguraban los oráculos que le prometían una gloria inmortal a cambio de una corta vida. En este artículo te presentamos un repaso sobre el mito del que tal vez sea el más conocido de los héroes.

Infancia

Aquiles fue hijo del mortal Peleo y de la diosa Tetis. Las leyendas cuentan que su madre trató de hacer inmortales a sus otros cinco hijos, fracasando en el intento y obteniendo el resultado contrario. Cuando estuvo a punto de hacer lo mismo con Aquiles, fue sorprendida por Peleo, quien le quito al niño de sus brazos.

Sin embargo, las llamas del fuego al que Tetis sometía a sus hijos para quitarles todo rastro de inmortalidad rozaron los labios y un hueso del pequeño Aquiles. Según otra versión de la leyenda, su madre habría sumergido al niño a las aguas del río Estigia para volverlo invulnerable. Sin embargo, hubo una parte que no fue tocada por estas aguas: el tobillo, por el cual Tetis sujetaba al pequeño.

Educación

La educación de Aquiles de Eugène Delacroix
La educación de Aquiles de Eugène Delacroix

Ante estos intentos de Tetis, Peleo llevó a su hijo al monte Pelión, hogar del centauro Quirón, para pedirle a éste que curase el hueso dañado de su hijo. El centauro, que dominaba el arte de la medicina, puso al pequeño Aquiles un hueso del gigante Dámiso, quien fuera en otro tiempo un extraordinario velocista. Desde entonces, Aquiles adquirió una velocidad extraordinaria, siendo llamado el de los pies ligeros. Peleo encargó el cuidado de su hijo a Quirón, quien accedió de buen gusto.

En el monte Pelión, Aquiles fue educado en la sabiduría antigua: el desprecio por los bienes materiales, la moderación, el rechazo a la mentira, a las malas pasiones y al dolor. Además, aprendió a tocar la lira y se ejercitaba en el canto. El centauro Quirón lo alimentaba con entrañas de leones y jabalíes, entre otros animales salvajes, para transmitirle sus fuerzas. Pero como no todo en la vida se consigue peleando, también lo alimentaba con miel, para endulzarle la palabra y, de esta manera, conferirle el don de la persuasión.

Pirra, la muchacha de cabellos de fuego

Aquiles en la corte del rey Licomedes.
Aquiles en la corte del rey Licomedes, de Erasmus Quellinus II. Musea Brugge – Groeningemuseum / LUKAS – Art in Flanders (photographic reproduction),

Posteriormente, un terrible oráculo llegó a los oídos de sus padres: Aquiles habría de morir en la guerra de Troya. Ante esta noticia, Peleo decidió trasladar a su hijo desde el hogar de Quirón a la corte del rey Licomedes, en Esciro. Una vez allí, Peleo disfrazó a su hijo de mujer, para que conviviera entre las hijas del soberano como una más, ocultando su verdadera identidad. Allí se le asignó el nombre de Pirra, “la rubia”, por el color dorado de sus cabellos, semejantes a los del fuego. Allí tuvo un hijo, llamado Neoptolemo, fruto de sus relaciones con Deidamía, una de las hijas del rey.

Sin embargo, esta calma en la vida de Aquiles duraría no mucho tiempo más. Lejos de Esciro, ya se había producido el rapto de Helena por el troyano Paris. Menelao, el burlado esposo de la mujer más hermosa del mundo, con ayuda de su hermano, el rey de reyes Agamenón, planificó el rescate de Helena. Sin embargo, los intentos diplomáticos fracasaron y no hubo otra opción que la guerra.  Uno de los guerreros aqueos que iba a participar de la contienda era Ulises (Odiseo). Éste se enteró, por medio del adivino Calcante, que no sería posible derrocar Troya sin la ayuda de Aquiles.

La astucia de Ulises descubre a Aquiles

El rumor de la estancia de Aquiles en Esciro llegó pronto a los oídos de Ulises, quien tuvo que emplear su ingenio para llevar a la guerra al hijo de Peleo. Ya en las tierras que dominaba Licomedes, Ulises se hizo pasar por comerciante. En la corte del rey, ofrecía utensilios de belleza, pero también, mezclados discretamente, armas de guerra. Todas las hijas de Licomedes se arrojaron a los primeros, todas salvo una, Pirra, quien dio muestras de su espíritu belicoso al inclinarse por las armas.

Pero el astuto Ulises contaba con otro ardid para confirmar la verdadera identidad de Pirra. Hizo hacer sonar las trompetas en la corte de Licomedes, lo que indicaba que un ejército venía a atacar la ciudad. Ante esto, mientras el resto de las mujeres se refugiaba, sólo Pirra permaneció firme, pidiendo que le alcanzaran armas para afrontar el peligro.

Promesa de gloria inmortal y partida hacia Troya

Aquiles aceptó la propuesta de Ulises para partir hacia Troya. Pero no hay nada más grande que el amor de una madre para con sus hijos, sobre todo si el peligro está próximo. Tetis le reveló a Aquiles un oráculo, que a la vez era una advertencia: “Si decides ir a Troya, morirás joven, pero tu fama será inmortal. En cambio, si decides quedarte, alcanzarás una larga vida, pero tranquilo y sin gloria”. Aquiles no dudó un segundo y partió enseguida para la guerra.

Antes de partir, el ejército griego estuvo varado en Áulide. Allí supieron, por medio del adivino Calcante, que la falta de vientos propicios para que la embarcación navegara por los mares se debía a un sacrificio que exigía Ártemis. Esta diosa exigía la vida de Ifigenia, hija del rey Agamenón. Este, para llevar a cabo el sacrificio, engañó a su hija diciéndole que la llevaba para casarla con Aquiles. Éste, al enterarse de los planes de Agamenón, quiso oponerse al sacrificio de Ifigenia, pero no pudo hacer nada, ya que habría muerto a manos de todo el ejército que apoyaba al rey de Argos.

Troya, una guerra de diez años

Durante los primeros nueves años en Troya, numerosas fueron las gestas de los aqueos, sobresaliendo las de Aquiles. La ciudad de Príamo, Héctor y Paris resistía y no daba tregua. El poema épico la Ilíada, cuyo tema central es la cólera de Aquiles nos explica cuál es la causa de esta. En uno de los tantos actos de piratería y vandalismo que ocurren durante la guerra, Aquiles rapta como botín a  Briseida, de la ciudad de Tebas de Misia, patria de Andrómaca, esposa de Héctor. Asimismo, Agamenón rapta a Criseida.

Al comienzo de la Ilíada, Crises, sacerdote de Apolo, pide diplomáticamente la devolución de Criseida, su hija. Agamenón no solamente se opone, sino que amenaza al sacerdote con quitarle la vida si se volvía a aparecer. Ante esto, Crises pide a Apolo que diezme al ejército griego mientras no le fuera restituida su hija. El dios escuchó los pedidos de su sacerdote y dispersó una peste sobre las filas aqueas.

La cólera de Aquiles

Pasados diez días, los jefes de los griegos se reunieron y le pidieron al adivino Calcante que averiguara qué quería el dios. El augur les comunicó que Apolo no cesaría de causar estragos al ejército hasta que Criseida no fuera devuelta a su padre. No obstante ser la orden de un dios, Agamenón aceptó de mala gana. Sin embargo, las cosas no se quedarían así. El rey de reyes exigía una compensación, no teniendo mejor idea de dejar a Aquiles sin su botín, Briseida.

Claro está que el hijo de Peleo no tomó esta decisión con tranquilidad, sino que se sintió humillado y despreciado. ¿De qué le valían los esfuerzos al frente de la batalla si uno que se quedaba atrás obtenía más recompensas que él? Desde entonces, Aquiles decidió no participar más en la guerra.

Muerte de Patroclo

El enfado del rey de los mirmidones se notó en el campo de batalla. Su ausencia no sólo causaba sorpresa entre los troyanos, sino que también aumentaba su ánimo. El ejército local avanzaba contra las naves aqueas, logrando grandes victorias.

De hecho, hasta llegaron a alcanzar las naves. Ante esta desesperada situación, Patroclo, el amigo más querido de Aquiles, pidió prestada su armadura. Al colocársela, infundió terror en el ánimo de los troyanos, que emprendieron una estrepitosa y terrible huida.

Patroclo asesinaba troyanos y avanzaba a ritmo frenético, hasta que salió a su encuentro Héctor. El hermano de Paris logró vencerlo, y le quitó la armadura como premio. La muerte de Patroclo inundó de tristeza el alma de Aquiles, que salió en búsqueda de venganza.

La venganza de Aquiles

El triunfo de Aquiles, de  Franz von Matsch.
El triunfo de Aquiles, de Franz von Matsch.

La violenta muerte de Patroclo a manos de Héctor termina con la cólera de Aquiles y hace que el héroe vuelva al campo de batalla. Al hacerlo, Tetis le envía una nueva armadura dorada, hermosa labor del dios Hefesto. Ahora los troyanos, al darse cuenta que quien había muerto no era sino Patroclo, cesaron los festejos.

Aquiles emprende una violenta arremetida, en la que lucha hasta con el río Escamandro, que se enfada por la cantidad de muertos y sangre que caen a sus aguas. Sin embargo, el hijo de Tetis logra salir vencedor del combate, logrando una hazaña más.

Ante la vuelta al combate del mejor de los aqueos, todos los troyanos huían despavoridamente, al resguardo de las puertas de la ciudad. Sin embargo, las famosas Puertas Esceas se cerraron antes de que su hijo favorito, Héctor, el protector de Troya, lograse traspasarlas.

Finalmente, los mejores guerreros de cada bando se encontraban cara a cara. Sin embargo, Héctor no era ajeno al temor que infundía Aquiles a las almas enemigas. Tras una persecución alrededor de la ciudad, el hijo de Tetis y Peleo acaba con la vida del hijo de Príamo y Hécuba.

Aquiles ata el cuerpo de Héctor a su carro, guiado por sus divinos caballos, y lo arrastra hasta el campamento aqueo. Durante doce días, en los que se celebraron los juegos funerarios en honor a Patroclo, el rey de los mirmidones arrastraba alrededor de Troya el cuerpo sin vida del homicida de su amigo. Tetis le advirtió que cesara en esa actividad, ya que causaba disgusto a los dioses.

Muerte

Finalmente, el cuerpo de Héctor fue restituido a los troyanos. Su padre, Príamo, visitó la tienda de Aquiles con innumerables tesoros y obsequios en parte de pago. El poema épico La Ilíada finaliza con la celebración de los funerales de Héctor, el domador de caballos.

Sobre cómo ocurrió la muerte de Aquiles, hay distintas versiones. Una de ellas sostiene que el rey de los mirmidones habría traicionado a los aqueos por amor, pues se enamoraba de una hija de Príamo. Aquiles la pidió por esposa al rey de Troya, quien le pidió a cambio que traicionara a los aqueos. El hijo de Tetis habría aceptado la oferta, siendo muerto cuando se celebraba la boda por un flechazo disparado por Paris, quien se hallaba oculto detrás de una estatua del dios Apolo.

Aquiles herido. Estatua de Torquato Tasso.

Sin embargo, esa versión, además de ser tardía, no tiene muchos adeptos. Aquiles, luego de haber sido entrenado por Quirón en el dominio de las malas pasiones y ejercitándose en la moderación, jamás habría traicionado a los suyos. La versión que se impone es la que sostiene que habría sido asesinado por Apolo, al advertirle el dios que retrocediera en su ataque contra la ciudad de Troya. Otra, también con mayor aceptación que la primera, sostiene que habría sido Paris, disparando una flecha que fue guiada por Apolo, quien acabó con la vida del mejor de los aqueos.

Añoranza por la vida

Sin embargo, los relatos sobre Aquiles no terminan con su muerte. Fue Ulises, en el poema épico la Odisea, quien volvió a encontrarse con él. Uno de los pasos que tenía que realizar el itacense para volver a su patria, era el descender al Hades, al inframundo. Lo hizo para consultar al viejo adivino Tiresias sobre cuáles eran los pasos que debía realizar y cuáles evitar. En su viaje por el mundo subterráneo, se encontró con las almas de Agamenón, Patroclo y otros héroes que murieron en Troya y apenas llegaron a su patria.

Antes de que Ulises se encontrase con Tiresias, se encontró en su camino con el alma de Aquiles. Luego de decirle que fue el más gloriado de todos los guerreros que combatieron en Troya y que no debía extrañar la vida, el alma del veloz Aquiles le respondió:

“No pretendas, Ulises preclaro, buscarme consuelos de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron»

Odisea, Canto XI

De esta manera, Aquiles nos enseña que no hay mayor gloria que la de una vida a veces tranquila, a veces insegura, pero siempre bajo la luz del sol, por modesta que fuere, y que de nada sirve la vanidad de una fama inmortal.

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