¿La guerra de Troya realmente ocurrió?

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La guerra de Troya fue cantada por el aedo Homero en el famoso poema épico La Ilíada. Los ecos de los versos de esta epopeya aún resuenan, haciendo caso omiso del paso del tiempo. En efecto, ya hacen aproximadamente 2800 años que se compusieron, para ser cantados en banquetes de las clases altas helenas. Sin embargo, fue el tirano Pisístrato quien mandó a que se preparara una versión escrita del poema mencionado y de la Odisea. Ahora bien, ¿la guerra de Troya realmente ocurrió?

Busto de Homero, compositor de la Ilíada y la Odisea.
Busto de Homero, compositor de la Ilíada y la Odisea

Culto a la tumba de Aquiles

Los griegos de la época clásica e incluso del periodo helenístico no tenían dudas de que la guerra de Troya fue real. Asimismo, tenían plena certeza de la ubicación de esa ciudad, a la que llamaban Ilión. Los héroes que participaron en la contienda, según el poema épico La Ilíada, también habían existido para ellos. Tal es así que el mismísimo Alejandro Magno visitó, en 334 a. C., la tumba de Aquiles, quien había sido enterrado en tierras troyanas.

Sin embargo, el macedonio no fue el único quien le rindió culto al mejor guerrero de los aqueos: los emperadores Caracalla (188 – 217 d- C.) y Juliano el Apóstata (331 – 363 d. C.) también acudieron al lugar para honrar la memoria de Aquiles. Además, el sultán turco Mahomed II «El Conquistador» visitó en 1462 la tumba del héroe griego. Tras felicitarlo, dijo: «Es a mí a quien Alá ha concedido el privilegio de vengar a esta ciudad y a su pueblo… En efecto, fueron los griegos los que devastaron Troya y han sido sus descendientes los que después de tantos años me han pagado la deuda que su orgullo ilimitado había contraído con la gente de Asia y, por lo tanto, con nosotros».

Heinrich Schliemann y el «tesoro de Príamo»

Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya.
Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya.

Quien tomó la iniciativa para resolver el misterio de si la guerra había sido real fue un apasionado de Homero y sus poemas. Se trataba de Heinrich Schliemann, un comerciante que supo hacer una enorme fortuna a la corta edad de 30 años. Este aficionado se propuso resolver el problema mediante excavaciones arqueológicas. Para ello, estando plenamente convencido de que la guerra de Troya había sido real, viajó hacia la colina de Hissarlik, en Turquía, donde la tradición señalaba como lugar de la antigua Ilión.

Después de casi tres años, a punto de darse por vencido, este fanático de los poemas homéricos cumplió el sueño de su vida. Luego de mucho excavar, halló muchísimos objetos de oro: diademas, sortijas y pulseras. Schliemann no dudó ni un segundo en bautizar su hallazgo como «el tesoro de Príamo», padre de Héctor y Paris y último rey de la devastada Troya.

Sophie Engastromenos, esposa de Schliemann, portando las joyas de Hécuba.
Sophie Engastromeno, esposa de Schliemann, portando las joyas de Hécuba.

En su entusiasmo, Schliemann adornó a su esposa, Sophie Engastromenos, con «joyas de Hécuba», la reina de Troya y esposa de Príamo. Como dato de color, este matrimonio nombró en 1871 a su hija como Andrómaca, igual que la esposa del héroe troyano Héctor. Asimismo, en 1878 tuvieron un Agamenón, rey de todos los griegos que invadieron Troya. Fue una bella y simpática manera de reconciliar a ambos bandos después de tanto tiempo enfrentados.

Posteriormente, el tesoro descubierto por Schliemann se conservó en Berlín hasta 1945. Desde entonces, las joyas de Hécuba y Príamo fueron trasladadas a la Unión Soviética por las tropas de este país como botín tras la Segunda Guerra Mundial.

Excavaciones arqueológicas: el descubrimiento de once Troyas

La arqueología progresó como ciencia desde los tiempos de Schliemann y reveló nuevos descubrimientos. Las nuevas excavaciones revelaron que se sucedieron once Troyas en la colina de Hissarlik. Sin embargo, la que descubrió Schliemann corresponde a la que se denominó Troya II. Esta ciudad existió entre el 2500 y 2200 a. C., es decir, un milenio antes la guerra, según la cronología de los antiguos.

Una de las Troyas halladas, llamada VIIa, corresponde al periodo de los siglos XIII o XII a. C., periodo en el cual se habría desarrollado la guerra. Las excavaciones arqueológicas indican que esta ciudad no tenía nada de impresionante. En efecto, Troya VIIa carecía de las enormes murallas y de las bellas torres cantadas por Homero como para que un gran ejército se reuniera y quisiera apoderarse de ella. Por el contrario, sí hubiera despertado el deseo de una conquista la llamada Troya VI. Lamentablemente, un terremoto se encargó de derrumbar esta ciudad.

Como bien señala Pierre Vidal-Naquet en El mundo de Homero, «es imposible armonizar una epopeya con una excavación». En el libro mencionado, este historiador francés pasa revista a diversas cuestiones, principalmente a la de que el mundo que nos canta Homero en la Ilíada era muy distinto respecto del cual el famoso aedo vivía.

Contradicción entre la arqueología y los testimonios antiguos

No obstante los descubrimientos realizados, persisten dudas sobre su cronología. Hay quienes interpretan, en base a tratados como el De familiis Troianis de M. T. Varron (siglos II y I a. C.), que la guerra se desarrolló entre los años 1193 – 1184. Además, los archivos de Hattusas permiten relacionar esa guerra con el debilitamiento y posterior caída del imperio hitita. Estos archivos nos dan noticias acerca de la rivalidad entre Assuwa -que capitaneaba un grupo de ciudades entre las que estaba Truisa (Troya)- y los hititas. Cuando el emperador hitita derrota a Assuwa, los micénicos -que se estaban expandiendo por el Mediterráneo oriental- atacan Troya VIIa, y la destruyen. Esta guerra habría sido la que llamó la atención de los poetas que posteriormente la cantaron.

Sin embargo, esta información pone en contradicción lo ya dicho sobre la ruina de esta ciudad a causa de un terremoto. Ante tal panorama, habría que consolarse con las palabras de Vidal-Naquet. En conclusión, el historiador francés nos dice que «quien quiera hacerse una imagen de la Troya homérica no debe viajar a la colina de Hissarlik. Las guías turísticas de Turquía reconocen que el lugar es decepcionante. Conviene más leer La Ilíada o contemplar una colección de vasijas griegas, en las que están representados muchos episodios de esa guerra legendaria».

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